La NASA descubre un sistema con 7 planetas que podrían albergar vida

A diferencia de nuestro sol, la estrella de TRAPPIST-1, clasificada como una enana ultra fría, es tan fría que el agua en estado líquido podría sobrevivir en la superficie de los planetas que orbitan a su alrededor. Las siete órbitas planetarias del sistema TRAPPIST-1  son más cercanas a su estrella de lo que Mercurio lo es a nuestro sol. Y además los planetas están muy cerca los unos de los otros. Si una persona estuviera sobre la superficie de uno de los planetas, podría mirar hacia arriba y potencialmente ver estructuras geológicas o nubes pertenecientes a los planetas vecinos, que en ocasiones se divisarían con un tamaño mayor de cómo vemos nosotros la luna desde la Tierra.

TRAPPIST-1: Sistema con 7 planetas cercanos a su estrella

Los planetas de TRAPPIST-1 podrían tener la traslación bloqueada, lo que significa que una cara del planeta estaría siempre mirando a la estrella, por lo que habría una cara que estaría en una noche perpetua. Esto significaría que sus patrones meteorológicos serían muy diferentes de los de la Tierra: fuertes vientos soplando desde la cara de día a la de noche y cambios de temperatura extremos entre las diferentes posiciones geográficas.

 

Spitzer, un telescopio de infrarrojos que sigue la órbita de la Tierra alrededor del sol, estaba en una posición inmejorable para estudiar TRAPPIST-1, pues la estrella brilla con más fuerza en su luz infrarroja, cuyas amplitudes de onda son más largas de lo que el ojo humano puede ver. En otoño de 2016, Spitzer observó TRAPPIST-1 de forma continuada durante 500 horas. Este telescopio espacial está posicionado de forma inmejorable en su órbita para observar suficientes cruces (tránsitos) de los planetas frente a la estrella y poder revelar la compleja estructura del sistema. Los ingenieros optimizaron la habilidad de Spitzer para observar planetas en tránsito durante la «misión caliente» de Spitzer, que empezó justo cuando se acabó el refrigerante de la nave después de 5 años de operaciones.

 

«Este es el resultado más emocionante que he visto en los 14 años en los que viene operando Spitzer», afirmó Sean Carey, director del Spitzer Science Center de la NASA en Pasadena, California. «Spitzer continuará su trabajo en otoño para perfilar nuestro conocimiento de estos planetas antes de que el telescopio James Webb (que se lanzará en 2018) pueda tomarle el relevo. Nuevas observaciones del sistema van a suponer que podamos revelar más secretos».

 

Siguiendo el descubrimiento de Spitzer. el telescopio Hubble de la NASA ha iniciado la observación de cuatro de los planetas, entre los que están los tres que se encuentran dentro de la zona habitable. Estas observaciones tienen el objetivo de evaluar la presencia de atmósferas con cierta presión y predominio de hidrógeno, típico de los planetas gaseosos como Neptuno, alrededor de estos planetas.

En mayo de 2016, el equipo del Hubble observó los dos planetas más internos y no encontró evidencias de esas atmósferas de alta presión. Esto reforzaría la idea de que los planetas más cercanos a la estrella son de naturaleza rocosa.

 

«El sistema TRAPPIST-1 nos ofrece una de las mejores oportunidades de la próxima década para estudiar las atmósferas que rodean planetas similares a la Tierra», dice Nikole Lewis, co líder del estudio del Hubble y astrónoma del Space Telescope Institiute en Baltimore, Maryland (EE.UU.). El telescopio espacial de la NASA Kepler, que se dedica a la caza de planetas, también está estudiando el sistema solar TRAPPIST-1, haciendo mediciones de las minúsculas variaciones en el brillo de la estrella ocasionadas por el tránsito (cruce) de los planetas. Estos estudios permitirán conocer con mayor exactitud las propiedades de los planetas conocidos, así como buscar otros planetas en ese sistema. Las observaciones finalizarán a principios de marzo y se publicarán en el archivo abierto. 

 

Splitzer, Hubble y Kepler contribuirán al plan de los astrónomos de cara a próximos estudios que realizará el telescopio James Webb, que será lanzado al espacio en 2018. Con mucha mayor sensibilidad, el James Webb será capaz de detectar las huellas químicas del agua, metano, oxígeno, ozono y otros componentes de la atmósfera de los planetas. También analizará las temperaturas de dichos planetas y las presiones atmosféricas de sus superficies, factores clave en su habitabilidad.