Un estudio declara que la venganza te hace sentir realmente mejor

Hay un momento maravilloso en la comedia Frasier, donde Niles –buscando desesperadamente venganza contra el matón que lo atormentó- habla con su hermano y este le pregunta si alguna vez ha oído que “vivir bien es la mejor venganza”. “Es una expresión maravillosa, aunque no sé si será cierta”, responde Niles. “No ves que aparece en muchas tramas de ópera: ‘Ludwig, enloquecido por el envenenamiento de toda su familia, se venga de Gunther en el tercer acto por vivir bien’”.

“Con lo cual Woton al descubrir su engaño, vuelve a vengarse de Gunther en el tercer acto viviendo incluso mejor que el duque”.

Resulta que Niles pudo haber estado en lo cierto: la venganza puede ser muy eficaz para mejorar nuestro estado de ánimo cuando alguien se ve perjudicado, según un estudio publicado en Journal of Personality and Social Psychology de David Chester y C Nathan DeWall. Agárrate que vamos a hablar de muñecos de vudú.

Los investigadores pidieron a 156 participantes que escribieran un ensayo sobre un tema personal a su elección y, a continuación, intercambiaran estos ensayos con otros participantes para tener feedback suyo. Sin que lo supieran los escritores, la mitad de ellos recibieron críticas desagradables de su trabajo,así como desafortunados comentarios en Internet. En estos feedback (en realidad escritos por los investigadores) se leía “uno de los peores ensayos que he leído”.

Todos los participantes tenían un estado de ánimo mesurado, pero a aquellos con malas opiniones se les dio la oportunidad de descargar su ira en una muñeca de vudú virtual imaginando que este era la persona que había evaluado su trabajo. Este acto de venganza imaginaria sin sentido hizo que mejorara el humor de los participantes en la medida en que su estado de ánimo era igual al de los elogiados por su trabajo.

Un estudio declara que la venganza realmente te hace sentir mejor

Solo porque la venganza nos hace sentir mejor, no significa que es por eso la busquemos, por lo que los investigadores emprendieron un segundo estudio para investigar los motivos detrás de las acciones. Este es un poco más complejo: 154 participantes fueron invitados a un laboratorio y de inmediato se les dio una píldora diciéndoles que aumentaría sus funciones cognitivas en la siguiente prueba. Algunos de los participantes también fueron informados de que la pastilla tenía un efecto secundario inusual: una vez que sus efectos comenzaron, su estado de ánimo sería inalterable.

Sí, ninguna de esas cosas era verdad. La píldora era un placebo. Sin embargo, con los participantes creyendo que la pastilla tenía propiedades mágicas, fueron invitados a jugar un juego de ordenador con otros jugadores donde se pasaron una pelota entre sí. Lo que estaban haciendo en realidad era jugar contra la inteligencia artificial de la computadora: la mitad de ellos programados para incluir al jugador humano, y otro programado para suprimir al humano el 90% del tiempo.

Después de tomar medidas para ver cómo se sintió cada participante, a los jugadores se les dio la oportunidad de vengarse de los que los humillaron en un segundo juego. Esto implicaba golpear un timbre antes de que los otros jugadores –los que perdieron serían infligidos a un infernal de ruido a través de sus auriculares, emitido por el jugador que ganara-. Los jugadores pudieron infligir un ruido de 105 decibelios a sus oponentes, si querían. Como era de esperar, los jugadores que se habían quedado fuera casi siempre, golpeaban a sus contrincantes con sonidos a todo volumen.

Sin embargo, las cosas se pusieron interesantes cuando los que dijeron que la píldora tenía un efecto secundario fueron informados de que su estado de ánimo no podía ser alterado. No se molestaron en golpear a sus oponentes con volúmenes aún más altos, aferrándose a los castigos de bajos decibelios repartidos por aquellos que no habían sido ofendidos, a pesar de registrar niveles de rechazo que coincidían con sus compañeros vengativos.

El asunto es que los participantes que creían que la venganza no les haría sentirse mejor, no se sintieron molestos. Peor aún, Chester y DeWall especulan que “para obtener el efecto positivo asociado con la agresión de represalia, los individuos pueden buscar activamente la provocación en su vida diaria”.

Esa no es una gran manera de vivir, y los investigadores sugieren que la gente encuentre otras maneras de recuperar la satisfacción: reflexión, meditación y así sucesivamente. “Un ojo por ojo solo termina dejando a todo el mundo ciego”, como Gandi dijo una vez.

(A menos que, por supuesto, consigas los ojos de todos antes que los demás. Entonces puede que acabes sintiéndote mejor.)

Imagen: Josh McGinn utilizado bajo Creative Commons

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